28 de Junio de 1966

Hace medio siglo, en la fría mañana del martes 28 de Junio de 1966, un golpe de Estado cívico-militar encabezado por el General Juan Carlos Onganía derrocaba al Presidente Don Arturo Umberto Illia, inaugurando un triste período de gobiernos de facto que pomposamente se autodenominó “Revolución Argentina”.

A 50 años de aquellas horas en las que un hombre sencillo y honrado, colocado por el pueblo a través de los mecanismos establecidos en la Carta Magna en la más alta dignidad de la Nación, fue echado a empujones del despacho presidencial, bien vale la pena recordar con profundo respeto independientemente de las posiciones partidarias a un extraordinario argentino en momentos en donde, entre otras cuestiones que han llevado a la creciente desconfianza de la ciudadanía en sus dirigentes e instituciones, se entremezclan con absoluta liviandad el apego a la nacionalidad y la construcción de liderazgos sociales con fracasos o éxitos deportivos y se asiste con asombro a desfalcos hasta novelescos del erario público enmarcados en escenarios mediáticos de difusión masiva.

Arturo Umberto Illía habrá tenido seguramente aciertos y errores políticos y no es éste el ámbito para el señalamiento de unos y de otros. Independientemente de ello, su honestidad personal y su austeridad en el manejo de los bienes del Estado le han garantizado un sitial perenne y de destacada valía entre los argentinos, sin importar las banderas, fundamentalmente con en el reconocimiento y el cariño de su pueblo, que es al fin y al cabo, el mayor honor al que más allá de los cargos que se detenten, puede aspirar un hombre público.

Su actitud y dignidad frente a los usurpadores del poder ha sido reconocida incluso por éstos últimos, quienes en forma tardía, como suele ocurrir con muchas de las tragedias argentinas, manifestarían su arrepentimiento.

Don Arturo Umberto Illia, que viajaba por la vida sin custodia y se dirigía a la Casa de Gobierno en taxi o en subte, en las horas siguientes a su derrocamiento devolvió 220 millones de pesos que tenía asignados como gastos reservados, vivió en una casa discreta de Cruz del Eje (Córdoba) adquirida por el esfuerzo de sus vecinos y se vió en la necesidad de vender, aún siendo Presidente, su vehículo particular para pagar un tratamiento clínico de su esposa. Al regresar a su ciudad natal, atendía en su condición de médico en la trastienda de la panadería familiar por no tener suficiente dinero como para alquilar un consultorio. Trabajando en esa panadería (había renunciado a su jubilación de ex presidente) pasó los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1983.

Pasaron 50 años, a muchos que han vivido aquella jornada les parecerá ayer. Las vicisitudes del medio siglo siguiente nos deben necesariamente llamar a todos a la reflexión. Los valores de la paz, la democracia, el derecho, la justicia, la bondad, el respeto por el otro, el cuidado de lo público, para ser plenamente desarrollados en la sociedad, así lo exigen.

Secretaría de Relaciones Institucionales y Comunicación

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