El 20 de junio de 1820

moría en la pobreza y asolado por la guerra civil el Dr. Manuel Joaquín del Corazón de Jesús  Belgrano y González. Eran los días de humedad pegajosa que atraviesan la Buenos Aires en esa época del solsticio de invierno, La muerte anunciada no se oyó en los despachos ni en los salones en los que se trenzaba la crisis de esa década, donde Cepeda paría los caudillos, surgía la Provincia de Buenos Aires, se forjaba el federalismo y se perfilaban los hombres en claros opuestos, desde entonces, Rivadavia y Rosas. Solo algunos amigos y los curas del Convento de Santo Domingo acompañaron el cadáver del héroe ejemplar.

El curso de la Revolución de Mayo sufría las consecuencias de los egoísmos personales y sombríos intereses. La Declaración de la Independencia en 1816 no había logrado la unidad sudamericana que pretendían los próceres de la gesta. La Constitución de 1819, producto del Congreso de Tucuman trasladado a Buenos Aires, daba a la ciudad porteña, el rol rector sobre las Provincias. El enfrentamiento armado, con los caudillos del interior, no se hizo esperar, la batalla de Cepeda dirimio las diferencias al comienzo del nefasto 1820. Vencida en las armas, , por la alianza federal,  Buenos Aires, firma el Pacto del Pilar y se abre, poco mas tarde, la crisis que desangró los pueblos durante las guerras civiles .

 

En ese contexto de crisis, es que transcurren los últimos días del abogado, político y economista, general en la emergencia, Don Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González impotente y consciente del abismo que tragaba las esperanzas de la gesta de Mayo.

Además de ser, nada menos que el creador de la bandera nacional, Belgrano fue uno de los más notables economistas argentinos, precursor del periodismo nacional, impulsor de la educación popular, la industria nacional y la justicia social, entre otras muchas cosas. Su obsesión era el fomento de la agricultura y la industria. El secretario del Consulado proponía proteger mediante la subvención las artesanías e industrias locales. Consideraba que “la importación de mercancías que impiden el consumo de las del país o que perjudican al progreso de sus manufacturas, lleva tras sí necesariamente la ruina de una nación”. En Memoria al Consulado 1802 presentó todo un alegato industrialista: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse, y todo su empeño es conseguir, no sólo darles nueva forma, sino aun atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo. Y después venderlas”. Y más tarde insistiría: “Ni la agricultura ni el comercio serían casi en ningún caso suficientes a establecer la felicidad de un pueblo si no entrase a su socorro la oficiosa industria”.

 
 

 

En un artículo aparecido en el Correo de Comercio, Belgrano destacaba la imperiosa necesidad de formar un sólido mercado interno, necesario para una distribución equitativa de la riqueza:

El amor a la patria y nuestras obligaciones exigen de nosotros que dirijamos nuestros cuidados y erogaciones a los objetos importantes de la agricultura e industria por medio del comercio interno para enriquecerse, enriqueciendo a la patria porque mal puede ésta salir del estado de miseria si no se da valor a los objetos de cambio… Sólo el comercio interno es capaz de proporcionar ese valor a los predichos objetos, aumentando los capitales y con ellos el fondo de la Nación porque buscando y facilitando los medios de darles consumo, los mantiene en un precio ventajoso, tanto para el creado como para el consumidor, de lo que resulta el aumento de los trabajos útiles, en seguida la abundancia, la comodidad y la población como una consecuencia forzosa”.

Las sabanas empapadas del sudor de la fiebre, de ese hombre de 50 años que yacía sobre la cama  la mente mezclaba, en destellos, los hechos pasados, volvía a los claustros del Colegio de San Carlos, saltaba el mar, hasta Londres, las discusiones con ese sagaz Bernardino,  recorría los ríos, volaba en ecos de voces sobre el Paraná y las barrancas, aparecía en austeros corredores universitarios de Salamanca y Valladolid, en la España lejana. Su regreso al Rió de la Plata y la rápida secuencia que en 1794, lo llevo como primer secretario del recientemente creado Consulado del Virreinato del Rio de la Plata, Las noches, los informes, los escritos, la dinámica de un territorio de abundantes riquezas anunciadas, en los habitantes, en el mercado de la plaza, en las planicies, los cursos de agua, las montañas de sol y de lluvias aun perezosamente ociosas, expectantes del genio de los hombres que allí habitaban, Desfilaban sus propias imágenes, se propuso fomentar la educación.. la creación de  Escuelas de Dibujo, de Matemáticas y Náutica. La historia del Rió de la Plata,, comenzaba a reclamarlo en otros roles, se veía incorporándose a las milicias criollas, volvía a vivir los días de la defensa de la ciudad durante las invasiones inglesas, las casacas rojas, los fusiles, el pueblo, la reconquista. La secuencia era incontrolable, volvía, en los escalofrios de fiebre y sudor, el fervor por la causa patriota durante la Revolución de Mayo. Las agitadas y ásperas discusiones como vocal de la Primera Junta de Gobierno. El como y por donde encausar la vida de la Nación recién engendrada. Casi sin solución de continuidad, enfundado en ropa militar a la cabeza de la expedición al Paraguay, leyendo ansioso manuales de táctica y estrategia militar. Aquellos días finales de febrero de 1812, se volvía a ver al pie de las nuevas baterías instaladas sobre las barrancas del Paraná en la pequeña villa del Rosario, sentía en sus manos los tramos de tela azul y blanca cocidos por las manos de mujeres de ese pueblo. Ese atardecer, el sol y el rió de oro escucharon el juramento al símbolo de la independencia y la soberanía, sonaban en sus oídos las voces del si juro rebotando en la superficie del Paraná hasta la temerosa Plaza de Mayo,, quizás su acto mas trascendente pero que no opaca el brillo de presencia en la construcción esencial de la Patria, seguía incesante la memoria produciendo imágenes, en el Norte, Tucumán, Salta, Jujuy los días de sufrimiento, sacrificio, de amor, de brazos, labios y pernas de mujer, compañera y madre, los aprestos, el olor a heridas de hombres y bestias, el desaforado revoltijo de los combates,  y la gloria de salvar la Revolución en Tucumán y Salta, el hondo dolor de la derrota, de los muertos en Vilcapugio y Ayohuma.. La decisión heroica del éxodo del pueblo jujeño, las grandes victorias de Tucumán, Salta y Las Piedras. También vendrían las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma y su retiro del ejército del Norte. Su incansable participación, por su vocación y formación. en el Congreso de Tucumán de 1816. Se aparecían, fantasmales preocupaciones por la enseñanza estatal gratuita y obligatoria, hasta la reforma agraria, volvían a levantarse los obstáculos encontrados a su paso, tenia acabada conciencia del tiempo que se agotaba, diría: “Mi ánimo se abatió, y conocí que nada se haría a favor de las provincias por unos hombres que por sus intereses particulares posponían el bien común. Sin embargo, (…) me propuse echar las semillas que algún día fuesen capaces de dar frutos”.

Los ciclos de esa agricultura que tanto reclamara, se cumplieron, la semilla germinaba, otros hombres algunos conocidos otros , la mayoría ignotos, llevaron y llevan aun el gemen de esas ideas y diariamente entregan parte de su historia a la historia común de sus pueblos, persiguen el mismo horizonte, juran la misma bandera que ampara desde entonces el sueño de la Patria de la libertad, de la justicia en el reparto de los bienes que poseen y produce el suelo común que habitamos, los hombres y mujeres de hoy , en la independencia económica e institucional, en igualdad soberana.

Honra al abogado, al general, al patriota sin par.

Honra a Don Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González

Viva la Patria

Horacio Martinez Ledesma

San Martin 19 de junio de 2017-06-19

AMFSM

 

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